
Cuánto tiempo hay que dejar pasar antes de que algo viejo deje de darme pena y empiece a servir para algo. Todavía no tengo la respuesta, pero esta tarde no la necesito: Lucía, con quien coincidí hace un tiempo en un curso en línea y que vive en Cali, me mandó una foto de su mesa de trabajo antes de empezar, así es ella, manda la foto de antes, nunca la de después, y verla llena de recortes me hizo sacar los míos, que guardo desde una caminata por el Jardín Botánico, de cuando le pedí al señor del kiosco los ejemplares que ya no iba a vender. Afuera cae una lluvia de Medellín que no negocia con nadie, mi pareja pelea con algo en la cocina y la radio suena bajito. El olor del gesso recién abierto se mezcla con el del papel viejo y, entre eso y la pintura acrílica que ya tengo lista, se me ocurre que esta técnica mixta de meter recortes de periódico, este collage a medio camino entre pintura y basura reciclada, merece más que un rato de curiosidad de domingo.
El papel de periódico no perdona la prisa
Con el bloque de acuarela más caro uno hasta le teme a la primera pincelada. Con el periódico pasa lo contrario: hay algo liberador en romper una noticia que ya no le importa a nadie. Pero el papel es caprichoso: parece frágil hasta que se moja, y ahí se pone terco. Si le echo agua de más, se deshace entre los dedos; si el gel queda muy delgado, se levanta después en una ampolla fea que no hay manera de disimular.
Aprendí, más por ensayo que por instrucción, que hay que presionar el papel desde el centro hacia afuera y no al revés — así el aire y el exceso de gel salen solos, en vez de quedar atrapados debajo formando esas burbujas que después se ven como cicatrices bajo la pintura.

Rasgar antes de pegar: la textura del papel a mano
Me siento en el suelo, lejos de cualquier papeleo de la semana, y empiezo a rasgar. Es el crujido del papel seco rompiéndose bajo los dedos, antes de que el gel húmedo lo vuelva dócil, lo que de verdad me desconecta. No uso tijeras — el borde irregular atrapa mejor la pintura después y evita que el recorte se vea como un parche pegado a la fuerza.
A mitad de esto tocan la puerta. Es Nohora, mi vecina, que últimamente aparece sin avisar en cuanto siente que hay pintura de por medio — esta vez llega con algo para picar en la mano. Se queda un rato mirando cómo rasgo el papel, opina que debería vender esto, y se va tan campante como llegó.
El pegante escolar corriente no funciona: el papel se empapa, la tinta se corre y todo se ensucia. Uso un gel médium — o un resto de acrílico transparente si no tengo más — en una capa delgada sobre el lienzo, apoyo el papel encima y paso otra capa de gel por arriba. Queda casi plastificado, pero sin perder esa fibra que se siente al tacto cuando ya secó del todo. Sellar así el papel antes de pintar encima es, para mí, la diferencia entre un recorte que dura y uno que se deshace a la primera pincelada — algo que también aplica, aunque con otros materiales, cuando trabajo capas de acuarela y acrílico juntas.
Cuando quiero que el fondo tenga más cuerpo, uso materiales caseros para añadir volumen — en este caso el mismo periódico, arrugado y después aplanado con gesso, que crea unas montañas diminutas y recibe la pintura de una manera que ningún papel liso lograría. La textura del gesso sobre el papel arrugado es otro mundo aparte, uno en el que sigo aprendiendo qué tan gruesa puede quedar la capa antes de que se vuelva un problema.
Por qué se cuarteó el gesso si parecía tan sólido
Hace poco quería un fondo con textura antes de poner una veladura de amarillo ocre sobre un recorte de prensa. Se me ocurrió que, si una capa de gesso da cuerpo, una capa bien gruesa de una sola vez daría el doble. Apliqué el gesso denso, casi sin diluir, pensando que entre más grueso, más dramático el relieve.
No fue así. Al otro día, cuando fui a mirar, la superficie tenía una red de grietas finas por toda la zona más gruesa, como tierra reseca después de mucho sol, pero en miniatura y sobre mi lienzo. Por esas grietas se coló la humedad de la veladura de amarillo ocre que había puesto encima, y la tinta vieja del periódico, que estaba esperando su oportunidad, se activó y manchó todo de un gris sucio justo en el centro del cuadro. Fue ver el amarillo perderse bajo esa mancha y sentir que había arruinado la tarde entera.
Desde entonces dejo que el gesso se sienta completamente seco, no solo al tacto, antes de acercar cualquier color encima, y prefiero dos capas delgadas que una sola gruesa aunque tome más rato. Es uno de esos errores con los que aprendí, a las malas, por qué conviene ir despacio cuando se mezclan medios húmedos y secos sobre el mismo lienzo. El gato a veces se pasea cerca justo cuando estoy en esas, y aunque me da un susto, hasta ahora no ha dejado ninguna huella en el gel fresco.

El texto se esconde bajo las capas de técnica mixta
Una vez que el papel está pegado y seco, el reto cambia: que no parezca un álbum de recortes de colegio. Ahí es donde entran las capas. Uso una especie de pincel seco con un poco de blanco o gesso para bajarle la intensidad al texto — no quiero que se lea la noticia completa, quiero que las palabras queden como un murmullo debajo de la imagen principal.
Descubrí que si froto lija fina sobre el papel ya sellado, expongo partes de la fibra y consigo un efecto desgastado que me gusta mucho. Es un equilibrio delicado: si me paso, rompo el papel y llego al lienzo; si me quedo corta, se ve plano y sin vida. En esos momentos subo un poco el volumen de la radio para no pensar tanto y dejar que la mano decida sola. Para que todo combine, trato de tener presente cómo lograr mezclas de colores armoniosas en tus obras mixtas, y suelo apoyarme en esos tonos tierra que abundan en las fotos viejas de los periódicos.
El amarillo que no quise evitar
Aquí es donde me alejo un poco de lo que enseñan en los cursos más estrictos. La mayoría insiste en sellar el periódico con productos con filtro UV para que no amarillee. Yo prefiero preguntarme por qué habría que evitarlo. Hay algo honesto en que el papel cambie de color con los años — ese tono que se pone casi color miel bajo la lámpara de la tarde le da una calidez que ningún pigmento nuevo logra imitar del todo.
Mi apuesta es dejar que el envejecimiento natural del papel sea parte activa de la obra, en vez de bloquearlo todo con barniz industrial. Es como si el cuadro siguiera vivo después de que lo doy por terminado. Un recorte que hoy es blanco y negro, en un par de años tendrá un tono sepia que va a combinar de maravilla con unos toques de siena tostada. Es aceptar que nada de esto es permanente, ni siquiera las noticias que hoy nos parecen tan urgentes.

Convertir la noticia en relieve
No todo tiene que ser plano. A veces, en vez de pegar el recorte extendido, lo remojo en agua con un poco de pegante blanco — o gel, si tengo a mano — y lo modelo directamente sobre el lienzo, dejando que se formen arrugas y pliegues que después parecen rocas o corteza de árbol. Cuando seca, queda duro como piedra, una base perfecta para pasar encima una espátula cargada de pintura casi seca.
Cuando trabajo así dejo de ser la que revisa facturas entre semana y me convierto, por un par de horas, en alguien que solo está jugando con las manos. Rasgar y pegar noticias viejas transforma el ruido del mundo de afuera en una textura silenciosa y propia — ya no es una crisis o un titular alarmante, es apenas una sombra, un relieve, un gris que equilibra un rojo demasiado vivo. Si te gusta jugar con estas alturas sobre el lienzo, tal vez te interese lo que conté sobre cómo mezclar arena con pintura acrílica para lograr texturas orgánicas, otro de mis experimentos favoritos de estos meses.
Lo que le diría a quien empieza este fin de semana
Para quien se anime a probar esto un fin de semana, no hace falta complicarse ni comprar el medio más caro del mercado; empiecen con lo que ya tienen a la mano, que casi siempre alcanza. Eso sí, cuidado con los periódicos más recientes: a veces la tinta es tan barata que se transfiere a los dedos y arruina los colores claros del cuadro antes de darse cuenta. Yo paso un trapo seco por encima antes de pegarlos, para quitar el exceso de hollín de la impresión. Estos meses también me han servido para notar diferencias que antes no veía — entre el gesso y la pasta de modelar cuando busco relieves distintos, entre pintar sobre un lienzo normal o sobre soportes menos obvios, entre dejar una capa translúcida o taparla del todo. Pero eso ya es cuento para otro domingo.

La luz ya se está yendo y desde la cocina llega el olor de lo que están sirviendo para la cena. El lienzo de hoy quedó con un aspecto raro, entre titulares sobre el clima y manchas de azul cobalto que parecen nubes. Llevaba más o menos cuatro semanas metida de nuevo con estos recortes cuando, hace poco, abrí un frasco nuevo de médium y noté que el olor ya no me decía nada extraño — antes me ponía un poco nerviosa destaparlo, ahora es solo el olor de siempre, como el del café en la oficina los lunes. Mañana, cuando vuelva a las facturas y al olor a cartón, me voy a acordar de este olor a gesso y papel húmedo. Integrar periódicos en un cuadro se parece un poco a la vida: agarrar lo que ya pasó, lo que ya no sirve para nada, y darle una capa nueva de color para que signifique otra cosa. Solo hace falta un poco de gel, paciencia para dejar secar sin apurar el proceso, y ganas de ensuciarse las manos un rato.