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Cómo pintar flores abstractas con acrílico y toques de pan de oro

El pan de oro se pone al final, cuando el cuadro ya está resuelto y no hay marcha atrás, o se esconde entre las capas de acrílico para que sea la pintura la que decida cuánto brilla. Es la pregunta que más vueltas me da cuando pinto estas flores abstractas primaverales, esa mezcla de técnica mixta entre acuarela, acrílico y pan de oro que se toma buena parte de mi tiempo libre en el cuarto del fondo. Mi amiga Carmenza tiene una postura clara al respecto, y la mía es justo la contraria.

La respuesta corta es que ninguna de las dos maneras es la correcta en sí misma: cada una resuelve un problema distinto, y elegir bien depende de qué tan segura esté una del diseño antes de arriesgar una lámina de oro que no se puede recuperar. Carmenza, que fue mi compañera en el primer curso de técnica mixta al que me metí, dora siempre al final, cuando la pintura ya secó y no quedan sorpresas pendientes. Yo prefiero meter el oro entre capas de acrílico, aunque eso signifique perder alguna lámina en el camino.

El fondo en técnica mixta que sostiene cada flor

Antes de pensar en oro hay que resolver la base, y ahí Carmenza y yo coincidimos casi del todo. Preparo el lienzo con gesso aplicado a ojo, sin tacitas medidoras, buscando esa textura de crema espesa que se siente bien bajo la espátula. Ese polvillo blanco no hace más que dar cuerpo a la superficie y volverla porosa, lo suficiente para que la acuarela que va encima se comporte distinto a como lo haría sobre papel: no se absorbe de una vez, sino que baila un poco y deja esas sombras etéreas que después son el esqueleto de la flor. Entender bien las diferencias entre gesso y pasta de modelar para artistas principiantes me habría ahorrado más de un lienzo agrietado en su momento. La regla que repiten en cualquier curso de técnica mixta es que el acrílico va sobre la acuarela y nunca al revés, y ahí es justo donde suelo meterme en problemas.

Base de gesso y aguadas de acuarela en técnica mixta antes de pintar flores abstractas

Cuando el acrílico llega antes de tiempo

Ese fue mi error hace poco: por apurar la flor, empecé a cargar acrílico encima de una aguada de acuarela que todavía se sentía fresca al tacto. El curso lo había advertido de sobra, pero pensé que un par de minutos de más no iban a cambiar nada. Cambiaron. El azul que tenía pensado para las sombras se corrió hacia el pétalo de al lado, los bordes que quería nítidos se volvieron un borrón gris, y tuve que raspar esa esquina del lienzo y volver a empezar con el gesso.

Martha, mi compañera de taller que además de pintar los domingos trabaja de enfermera pediátrica, me preguntó una vez si las capas necesitan respirar antes de que les pongamos la siguiente encima, como si el cuadro tuviera pulmones. No se equivocaba del todo: ese tiempo de espera entre lo húmedo y lo seco es justo lo que yo ignoré esa tarde, y es un tema que da para su propio espacio, aparte de estas flores.

Carmenza dora al final; yo escondo el oro entre capas

Carmenza sigue el método que le enseñaron desde el principio: termina toda la pintura, la deja secar del todo, y solo entonces decide dónde va la lámina, como un adorno último sobre algo que ya está resuelto. Lleva puesto el mismo delantal manchado de siempre, el que le he visto encima desde que la conozco, y jura que ese orden le da control total sobre el diseño antes de arriesgar algo tan delicado como el oro.

Pétalos de acrílico abstracto recién construidos antes de aplicar pan de oro

Yo hago lo contrario. Coloco el mordiente en zonas puntuales mientras todavía hay capas de acrílico por encima, y dejo que el oro quede atrapado entre veladuras, como si la luz saliera desde dentro de la flor en lugar de quedarse pegada a la superficie. Esa forma de trabajar con cómo aplicar capas en técnica mixta para dar profundidad a tus cuadros es la que más uso cuando quiero que una flor no se vea plana. Una noche, con la casa ya en silencio, levanté una lámina hacia la lámpara del escritorio antes de pegarla y noté algo que no esperaba: la capa de acrílico que tenía debajo le había quitado el filo a un azul que antes era casi eléctrico, dejándolo con la suavidad de un cielo antes de la lluvia. Ahí quedó claro por qué prefiero integrar el oro: hace que las capas de abajo también participen del brillo, en lugar de que la luz se quede nada más pegada arriba.

Pan de oro integrado entre capas de acrílico sobre una flor abstracta pintada

El pan de oro que uso es de imitación, no el auténtico, y aunque cambia un poco cómo se comporta frente al barniz final, para lo mucho que arriesgo no tiene sentido pagar por el de verdad. Ese juego de veladuras y transparencias, capa sobre capa hasta que el color de abajo apenas se alcanza a insinuar, es otro tema que da para un artículo entero aparte, pero aquí es donde nace de verdad el efecto que busco.

¿Cuál de los dos métodos conviene más?

Ninguno de los dos es mejor en abstracto. El de Carmenza da más control: si algo sale mal se puede corregir antes de gastar una lámina de oro, y el resultado es más predecible, con ese brillo clásico que se ve parejo desde cualquier ángulo. El mío es más arriesgado porque el oro puede arrugarse, doblarse o perderse bajo una capa de acrílico que no calculé bien, pero cuando funciona, la flor gana una profundidad que un acabado final no logra, como si el brillo saliera de más adentro.

Si estoy probando un diseño nuevo o me queda poca tarde antes de que oscurezca, elijo el método de Carmenza: termino todo y dejo el oro para el final, sin margen de error. Si ya conozco bien la composición y tengo toda la tarde despejada para arriesgar, integro el oro entre capas, aunque eso signifique perder alguna lámina por el camino.

Todo esto pasa en el cuarto del fondo de mi apartamento en Laureles, sobre una mesa de madera que ya no se libra de las manchas de acrílico por más que la talle, con la persiana dejando pasar esa franja de luz naranja que cae en las tardes. El estante metálico que rescaté de una ferretería hace de armario para los pigmentos y las láminas de oro, y la silla plegable cruje cada vez que me inclino a mirar de cerca.

Cerrar la flor sin tapar el brillo

Con el oro ya protegido y seco, vuelvo con pinceles finos o con rotuladores de pintura acrílica para detalles finales en cuadros para marcar nervaduras sobre el metal sin taparlo. Es el momento de decidir si un pétalo necesita más luz o si el contraste con el fondo quedó demasiado violento, y ahí Carmenza y yo también discrepamos: ella prefiere dejar el oro intacto, yo casi siempre termino rayándolo un poco, aunque se me haya ido la mano más de una vez.

Cuadro terminado de flores abstractas con pan de oro, pintura primaveral en técnica mixta

Pintar estas flores después de un día entero resolviendo pedidos de tornillería en la importadora sigue siendo el rato que más me baja las revoluciones, más allá de qué método de dorado gane esa tarde. Cuando el sol pega distinto sobre el pasillo y el oro devuelve ese destello, da lo mismo si vino del método de Carmenza o del mío: la flor ya está resuelta, y con eso alcanza para cerrar el sábado.

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