
Una lámina de pan de oro no pesa nada entre los dedos, y aun así puede cambiar por completo un paisaje de pintura acrílica. Lo que nunca termino de resolver, cada vez que abro el librillo, es si conviene ponerlo al final, como remate de las últimas pinceladas, o meterlo desde las primeras capas de técnica mixta, cuando el boceto todavía está crudo. Después de tantos sábados dándole vueltas al asunto, terminé quedándome con las dos formas, aunque cada una sirve para paisajes dorados distintos.
Afuera sigue lloviendo con esa insistencia que tiene Medellín cuando decide no parar, y en el cuarto del fondo que uso de estudio aquí en Laureles ya tengo el librillo abierto sobre la mesa de madera que ya no tiene un solo tramo limpio de tanta mancha vieja de acrílico. Mi compañera Carmenza, con la que tomé mi primer curso de técnica mixta, sigue prefiriendo poner el oro al final, como remate; yo, en cambio, terminé metiéndolo desde las primeras capas, y las dos maneras tienen su lugar según qué tan definido quiera que se vea el brillo.
El gato se subió a la mesa apenas vio que saqué el librillo, pues sabe que algo delicado está por pasar — y se quedó ahí vigilando con esa cara de juez que pone cuando estoy a punto de arruinar algo. Ese librillo en particular lo compré hace meses, en una de esas vueltas por El Hueco buscando repuestos que nunca encontré, y terminé cargando con un tesoro dorado en vez de la pieza que me mandaron a buscar.
Pan de oro: ¿va al final o desde la base?
La diferencia, para mí, no es tanto de técnica sino de qué tanto control quiero soltar. Poner el oro al final da más certeza; meterlo desde la base da más sorpresa. Y dependiendo del paisaje —uno con montañas definidas o uno más difuso, como salido de la neblina— termino inclinándome hacia un lado o el otro.

Lo que gana la lámina cuando llega al final
Ponerlo al final tiene su lógica. Cuando las capas de abajo ya están completamente secas, la lámina se comporta mejor: se pega donde uno quiere, sin sorpresas, y el brillo queda parejo, casi de espejo. Uso un pincel que llaman polonesa, suave como un mechón de pelo, para ir acomodando el metal sin que se rompa antes de tiempo, aunque la mitad de las veces termino usando los dedos igual y arrepintiéndome cuando el oro se me queda pegado a la piel. Esta manera exige paciencia con los tiempos de secado, algo que aprendí a las malas mezclando medios húmedos y secos sin respetar el orden, y que ahora cuido más desde que sé cuánto puede arruinar una capa que no ha terminado de asentarse.
El pan de oro fino, el de verdad, tiene una pureza que dicen que es altísima, pero ese lujo lo dejo para cuando las importaciones de la ferretería me den una fortuna que no vislumbro pronto. Mi imitación de cobre y zinc alcanza para lo que necesito, y ya aprendí que gastar de más en materiales no siempre mejora el resultado si uno todavía no sabe qué está buscando en el cuadro.
Lo que cambia cuando el oro entra temprano
Meter el oro desde la base es otra historia. Aplico el mixtión sobre el acrílico todavía un poco fresco, no mojado, apenas pegajoso, y pongo la lámina ahí mismo, antes de definir árboles o sombras. El resultado es menos controlado pero más orgánico: el brillo no se siente como un adorno puesto encima, sino como algo que viene de adentro del paisaje. Después, cuando ya secó, vengo con pinceladas bien diluidas — de hecho me sirvió mucho cómo aplicar acuarela sobre acrílico seco para crear efectos de veladura, porque esas capas transparentes dejan que el oro se asome tímido, como si el sol se filtrara por la niebla.

Hace poco pasé el dedo sobre una zona que había trabajado con espátula, cerca de donde iba a ir el oro, y no era plana como pensé: era una corteza delgada, con relieve propio, que se había secado en otra dirección. Ahí entendí por qué el oro se agarra distinto según lo que tiene debajo — sobre una superficie de espátula el metal se quiebra en los bordes del relieve, y sobre acrílico liso se estira parejo. En estos cinco años metida en esto he terminado prefiriendo la superficie con textura, aunque sea menos predecible.
Ahora busco que el pan de oro se rompa. Lo aplico sin tanto cuidado y dejo que el aire que entra por la ventana lo mueva un poco antes de que se fije del todo. El clic seco de la tapa cuando cierro el frasco de acrílico me avisa que ya es hora de dejar esa zona quieta, sin tocarla, porque cualquier vibración de la mesa puede mover la lámina antes de tiempo. Me gusta que el cuadro cambie según dónde uno se pare en la sala: de un lado parece apagado y, al dar un paso, el sol de la tarde golpea el metal y el paisaje cambia de temperatura.

El desastre que terminó siendo la prueba
No todo salió bien probando esto. Un sábado que pintaba junto con Martha, compañera de taller que siempre llega con acuarelas de una marca rara que nadie reconoce y que dan sorpresas, se me ocurrió avanzar más rápido de lo debido: puse acrílico encima de una acuarela que todavía estaba húmeda, pensando que el papel ya había absorbido suficiente. Craso error. El color de abajo se levantó y se mezcló con el de arriba, y en vez del brillo dorado que buscaba en el borde de un río, quedó un manchón turbio, sin definición, que no se pudo arreglar ni poniendo la lámina encima.
Ese día aprendí, otra vez a las malas, que el orden de los medios importa más que las ganas de avanzar. Ya había leído algo sobre cómo manejar el acrílico sobre la acuarela, pero una cosa es leerlo y otra es tener la paciencia de esperar cuando uno ya se imaginó el cuadro terminado. Desde entonces reviso con el dorso de la mano si la acuarela sigue fría al tacto antes de acercarme con el acrílico, y si tengo dudas, mejor dejo pasar el resto de la tarde antes de arriesgar la lámina.
¿Cuál conviene según lo que busca el cuadro?
Con los meses até cabos entre las dos maneras. Si lo que quiero es un acento definido — el filo de una montaña, el reflejo justo en el agua — pongo el oro al final, sobre capas bien secas, con el pincel polonesa y mucha calma; ahí gana el control. Si en cambio busco que el brillo parezca salir de adentro del paisaje, sin bordes limpios, meto el oro temprano y acepto que se agriete y que el resultado no sea el que planeé al principio; ahí gana lo orgánico. No hay una técnica superior, hay una pregunta que me hago antes de destapar el librillo: ¿quiero brillo de adorno o quiero que la luz parezca parte del terreno?
Carmenza sigue prefiriendo su método, y seguramente tiene razón la mayoría de las veces. Pero entre pedidos que se atrasan y el olor a tóner que se me pega toda la semana, meterme con las dos formas de trabajar el oro es lo que me deja la cabeza en blanco un rato, algo parecido a lo que cuento en beneficios de pintar en casa por la noche para desconectar del estrés, aunque ahí todavía no hablaba del oro. Guardo el librillo con cuidado, cierro la persiana que a esta hora ya solo deja pasar una franja delgada de luz naranja, y me quedo un rato más mirando cómo el metal, aunque sea de imitación, sigue brillando distinto según por dónde entra la tarde.