
Rasgo la esquina de una revista de moda antes de saber siquiera si el retrato va a tener ojos. El papel couché truena seco entre los dedos, deja un filo blanco y peludo, y ese pedazo de página ya está decidido a convertirse en un pómulo o en nada. Así empiezo casi todos los sábados con la técnica mixta: sin boceto sobre la mesa, sin plan de retrato abstracto, solo la pila de recortes de revista que fui juntando y un rollo de cinta que ya perdió la etiqueta.
Mi pareja anda en la cocina con la radio puesta bajito, y la gata se acomodó encima de la pila de revistas como si vigilara el reciclaje. No hay ceremonia en esto: ya no necesito boceto ni plan para sentarme frente al papel, solo la certeza de que algo va a aparecer entre los recortes.
Bosquejar el retrato abstracto antes o dejar que las revistas decidan
Cada vez que alguien nuevo se acerca a esto pregunta lo mismo: ¿dibujo primero la cara o dejo que el collage la invente? Son dos caminos completamente distintos y los dos funcionan, aunque los cursos que he tomado casi siempre insisten solo en el primero. Uno arranca con una guía suave a lápiz, apenas unas líneas para saber dónde cae un ojo o un mentón. El otro no arranca con nada: se pega el primer recorte que convence y la cara se arma —o no— alrededor de esa decisión.

El primer camino, el del boceto guía, ordena la composición antes de tocar una tijera o un pincel. Sirve cuando ya tengo clara la expresión que quiero —un rostro que mira hacia un lado, una postura específica— y no quiero que el azar del papel me la arruine. La guía a lápiz es tan ligera que después la tapa el gesso, pero mientras pinto sé exactamente dónde va cada textura.
El boceto guía funciona cuando ya sé qué quiero decir
Ese camino exige más del soporte, porque cada capa tiene que respetar una línea que ya está trazada, y no cualquier papel aguanta bien esa disciplina cuando le meto agua y pegamento encima. El gesso lo aplico pensando en dónde quiero relieve y dónde prefiero dejarlo liso. Paso el dedo sobre una zona ya seca y no encuentro una capa plana: encuentro una especie de corteza fina, con crestas diminutas que atraparon la luz de otra manera. Ahí es donde el acrílico, más adelante, se va a acumular distinto que sobre la acuarela de abajo.

Edilma, que modera desde Bogotá el grupo de técnica mixta donde aterricé hace tiempo, mandó una nota de voz eterna un domingo explicando justo esta variante: boceto ligero, capas ordenadas, paciencia con cada textura. Nunca nos hemos visto en persona, pero esas notas de madrugada terminan sonando como una clase que nadie pidió y que igual agradezco.
El azar de las revistas sin guía
Ahí no hay boceto, ni guía, ni plan de composición: hay una pila de recortes —comprados por monedas en los puestos de revistas viejas de El Hueco— y la confianza de que algo con cara va a aparecer si dejo que las texturas choquen entre sí. El otro camino, el que no tiene ninguna de esas certezas, es el que más practico. Rompo el papel con las manos, nunca con tijera, porque el borde irregular que deja el desgarre es justo lo que después hace parecer que la piel del retrato tiene arrugas de verdad.
Ese camino sin guía perdona casi todo, menos los pinceles baratos. Compré un set económico hace un tiempo pensando que para manchar de acrílico daba igual la calidad, y terminé peinando el papel entero de pelos sueltos pegados entre las capas de color; los tuve que sacar uno por uno con la punta de un palillo antes de que se secaran del todo. Desde entonces guardo dos o tres pinceles decentes solo para los detalles finales del rostro —ahí aprendí que no todo material barato sale caro, pero un pincel malo sí—. En todo lo demás, papel, catálogos, recortes, me sigue dando igual medir o calcular.

Encima de esos recortes sin guía entran las aguadas de acuarela y después el acrílico, mezclando los dos medios en una misma pieza sin mayor ceremonia. Lo único que sí respeto es la espera entre una capa y otra: no cuento minutos, pero reconozco cuándo el acrílico todavía brilla y arruinaría todo si insisto encima. Ese rato de espera, sábado tras sábado, es la pausa —casi de creatividad terapéutica, si hay que ponerle nombre— que me doy en medio de la semana de facturas y proveedores.
A veces alguien en el grupo pregunta cómo sellar papel de acuarela para usar técnicas mixtas encima, y en el camino sin guía esa duda importa todavía más, porque el papel absorbe distinto en cada zona sin que un boceto previo avise dónde se va a poner exigente.
Ver a Nelly hacer justo lo contrario
Mi vecina Nelly empezó a pintar por pura curiosidad después de ver unos cuadros míos, y desde entonces me pregunta antes de cada pieza cuál de los dos caminos debería seguir. Le recomendé el boceto guía para un retrato que quería regalar, algo con una composición clara y sin sorpresas. Nelly, como de costumbre, hizo exactamente lo contrario: pegó los recortes a ciegas, sin una sola línea de referencia, y el resultado le quedó mejor que el mío en mi propio intento con guía esa misma semana.

Eso me hizo dudar, en el buen sentido, de recomendar un camino u otro como si fuera receta fija. Lo de Nelly funciona porque ella no le tiene miedo al desorden inicial, mientras que yo, cuando quiero controlar el resultado, necesito esa guía aunque después la tape el gesso. No hay un método superior; hay una persona distinta sosteniendo el pincel cada vez.
El camino que conviene según el retrato
Con los sábados acumulados puedo decir dónde conviene cada camino sin jurar lealtad a ninguno. El boceto guía sirve cuando el retrato tiene un destino claro —un regalo, una composición que ya tengo resuelta en la cabeza, un recorte de revista tan bueno que no quiero desperdiciarlo en el lugar equivocado—. El camino sin guía sirve cuando lo que busco es sorpresa, cuando lo que quiero del retrato abstracto es justamente no saber qué va a aparecer hasta que aparece.
Cierro el bote de acrílico y el clic seco de la tapa de rosca me avisa que por hoy ya fue suficiente, aunque la mesa quede llena de recortes sueltos y catálogos a medio hojear. Ya perdí la cuenta de las veces que pensé en cómo organizar un rincón de pintura en una casa pequeña mientras esquivaba frascos para llegar a la puerta. La gata ya se bajó de las revistas, mi pareja apagó la radio, y el retrato —con guía o sin ella— queda ahí, secándose, esperando el próximo sábado.