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Cómo pintar cuadros con flores usando capas y texturas mixtas

El borde del charco que dejó el gato junto al frasco de agua se secó formando una línea casi perfecta contra la luz que entraba por la ventana de la sala. Me quedé mirándolo más rato del que debería, porque tenía más carácter que la flor que llevaba dos horas tratando de resolver sobre la mesa. Entre la pintura acrílica ya reseca en la paleta y las capas de textura mixta que vengo montando en estos cuadros de flores de primavera, se me ocurrió algo que llevo tiempo sospechando: casi todo el mundo enseña un orden para pintar flores que a mí, en cinco años de meterle a esto los domingos, nunca me ha funcionado igual. Para mí esto sigue siendo más arte terapia doméstica que oficio serio, y quizás por eso me tomo la libertad de desarmar el manual.

El mito del fondo primero en pintura acrílica y textura mixta

La mayoría de los cursos que he probado, y dejado a medias hacia la tercera clase, como quien apaga una serie a mitad de temporada, enseñan un orden casi religioso: primero el fondo, después la forma, al final el detalle. Primero el mundo, luego la flor encima. Seguí esa receta durante buena parte de mi primera etapa, además de una temporada entera persiguiendo tutoriales de YouTube que nunca terminaba de ver completos; los dejaba a la mitad, volvía tres días después y ya ni recordaba en qué parte me había quedado, así que terminaba empezando de cero cada vez.

El problema del orden clásico es que la flor termina viéndose pegada encima, como una calcomanía que alguien puso sobre un fondo que ya estaba resuelto. Lo comprobé la primera vez que hice justo lo contrario: pinté los pétalos antes de decidir qué los iba a rodear, y cuando por fin llegó el fondo, tuvo que negociar con lo que ya existía en el papel en lugar de dictarle las reglas. Esa negociación, el fondo cediendo espacio en vez de la flor pidiendo permiso, es lo que le da a la pieza esa sensación de que creció ahí, no de que la pegaron encima.

Antes de llegar al pétalo hay una aguada suelta que dejo correr a su antojo sobre el papel, y ya escribí con calma sobre cómo aplicar capas de pintura acrílica sobre acuarela sin arruinar el papel, así que aquí no lo repito; solo diré que el papel tiene que aguantar más peso del que uno cree al principio, y que no lo sello antes de esa primera pasada, aunque sé que hay quien sí.

Primera aguada de acuarela suelta sobre papel grueso antes de las capas de textura mixta

Pintar la flor antes que el mundo que la rodea

Lo que sí uso es gesso con los dedos o con una espátula pequeña, sin medir volúmenes: el peso que se siente en la palma cuando la herramienta va cargada de pasta es lo que me avisa que ya es suficiente, más que cualquier cálculo. Pintar el pétalo primero también cambia cómo defino el borde: en vez de un color más oscuro pegado al contorno, dejo que el relieve mismo proyecte su propia sombra, algo que en términos técnicos se conoce como impasto y que no pienso desarmar aquí, porque cómo lograr que esa textura se sostenga sin agrietarse merece su propio domingo, no un párrafo de paso. La espátula grande la reservo casi siempre para mis paisajes, otro vicio que tampoco cabe en este texto.

Cuando el relieve del gesso se me queda corto, a veces recurro a lo que dejé anotado sobre materiales caseros para añadir volumen a cuadros de técnica mixta, aunque para estas flores el gesso solo ya me basta casi siempre.

Se lo comenté a una amiga que hace cerámica en un taller del barrio Laureles, pensando que a lo mejor exageraba con esto de desconfiar del manual, y me dijo que en el torno pasa algo parecido: hay un orden que enseñan y otro que terminan usando las manos que ya conocen el barro. Tampoco hablamos de si vale la pena comprar el material más caro o no —ella tiene su propia opinión, tan tajante como la mía— pero esa discusión la dejamos para otro café.

Espátula aplicando gesso para dar relieve a los pétalos en un cuadro de textura mixta

Relieve, oro y lo que no explico aquí

El sábado había ido hasta una tienda de arte en el barrio Manila, en El Poblado, a comprar más láminas de pan de oro porque se me habían acabado, y ese viaje solo ya me quitó media tarde entre el tráfico y la fila. No voy a entrar en por qué el metal se oxida ni en qué barniz lo evita, porque ya dejé escritas mis notas sobre técnicas de pan de oro para iluminar cuadros de paisajes y no quiero repetirme. Lo que sí digo es que el oro sobre el relieve del gesso, cuando el adhesivo todavía está pegajoso pero ya no brilla húmedo, es el momento donde el cuadro deja de ser boceto y empieza a sentirse terminado.

Hay quien en vez de gesso mezcla arena directamente en la pintura para lograr una textura más orgánica; yo todavía no me atrevo con las flores, aunque en otros cuadros sí lo he probado.

Láminas de pan de oro sobre el relieve de gesso en un cuadro floral de técnica mixta

No apures el secado de las capas finales

Con el oro ya en su sitio vuelvo con acrílico muy diluido, casi como lavar la pieza, dejando que el color se meta en las grietas del gesso y ensucie apenas el borde del metal. Ese tipo de veladura transparente es otro tema que dejo apuntado para más adelante, porque merece más que una mención de pasada. Mi gato ya sabe que cuando saco los pinceles finos estoy terminando, y se sienta exactamente donde no debe, mientras en la cocina mi pareja empieza a picar algo para la cena.

Sé que hay quien mide con precisión cuánto debe secar cada capa antes de la siguiente, y seguro tienen razón, pero yo dejo que el olfato y la paciencia decidan, sin cronómetro ni tabla de por medio.

Una vez, solo por curiosidad, probé tinta china sobre acrílico ya curado, y el efecto fue tan distinto a lo que esperaba que ese cuadro se quedó separado de esta serie de flores.

Veladura de acrílico diluido sobre pan de oro y gesso en un cuadro de flores de primavera

Todo lo que dejo para otro domingo

Ese mismo fin de semana terminé mezclando acuarela y acrílico en la misma sesión, cosa que no siempre sale bien; tampoco voy a meterme aquí con la diferencia exacta entre el gesso y la pasta de modelar, más allá de que una se siente más dura bajo los dedos al secar, porque ese debate se lo dejo a quien de verdad se haya sentado a comparar las dos con calma. Lograr que los colores del acrílico y de la acuarela convivan sin volverse barro en la paleta sigue siendo algo que no domino del todo, y plastilina para dar relieve todavía no le he metido a estas flores, aunque sé que a otros les funciona muy bien en piezas más modernas.

No he metido tela en este cuadro en particular, pero ya escribí sobre cómo integrar retazos de tela en técnica mixta sobre soportes rígidos para quien quiera ir por ese lado, porque el lienzo aguanta mucho más de lo que uno cree al principio.

La regla que sí sostengo

Si algo defiendo después de tantos domingos desarmando el manual, es esto: en un cuadro de flores con textura mixta, define primero lo que quieres que tenga peso, la flor, el relieve, el punto donde va a caer la luz, y deja que el fondo se acomode alrededor, no al revés. No hace falta seguir el orden que enseñan los cursos ni terminar el tutorial completo para que el cuadro funcione; hace falta mirar el charco que deja el gato y confiar en que el desorden, cuando se le da la vuelta al proceso, también sabe de composición.

Guardo los pinceles con los dedos todavía manchados de ocre, mientras el cuadro se queda secando solo en su rincón y yo me voy a ver qué hay de comer. El olor a acrílico ganó la partida contra el olor a cartón de la oficina, al menos por este domingo, y con eso me basta para volver el próximo.

Cuadro terminado de flores de primavera con pintura acrílica, textura mixta y relieve de gesso

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