
Destapé el pomo de acrílico blanco sin pensarlo dos veces y ya tenía medio dedo untado de pintura antes de decidir si de verdad iba a arruinar esa acuarela de flores que tanto me gustaba. La tenía guardada desde finales del año pasado, terminada pero un poco plana, sin el peso que solo dan varias capas sostenidas unas sobre otras. Apenas empezaba en esto de la técnica mixta —mezclar acuarela y acrílico en la misma pieza todavía me parecía casi una travesura— y ese sábado, sin ningún plan mejor, decidí que esa acuarela iba a ser la sacrificada.
Antes de seguir, una aclaración rápida que prefiero poner por delante: algunos enlaces de este texto son de afiliado. Si terminas comprando un curso o algún material desde aquí, me llega una comisión pequeña que ayuda a reponer pinceles y tubos, sin que a ti te cueste nada extra. Lo que menciono es porque lo he probado yo misma en mi mesa de trabajo, como el Curso de Pintura Técnica Mixta, que llevo repasando desde hace un tiempo.
Ese sábado no tenía ningún plan, solo la acuarela guardada de nuevo sobre la mesa
Mi semana normal es facturas, proveedores y el olor a tóner de la impresora de la oficina de la ferretería, de esas semanas que terminan y uno solo quiere que las manos hagan algo que no sea teclear. Ese sábado era justo de esos: mezclar colores sin ningún objetivo claro era exactamente lo que me hacía falta después de cerrar una semana pesada con contenedores retrasados. Antes de sentarme a pintar había pasado por la tienda de materiales cerca del Parque Lleras —la misma zona donde compré mi primer set de acuarelas hace años— solo porque se me había acabado el gesso.
Probé por un tiempo llevar un cuaderno de bocetos todos los días, disciplinado, como recomiendan tantos cursos para principiantes. Dos semanas después lo abandoné en un cajón; no era constancia lo que me faltaba, era que dibujar sin pintura de por medio se sentía a medias. Con el acrílico y la acuarela mezclándose en la misma hoja fue distinto: ahí sí se quedó la costumbre. El radio en la otra habitación tenía puesto un programa viejo de boleros, de esos que solo pasan los sábados, y el gato andaba rondando el borde de la mesa como si supiera que ahí siempre hay algo para tumbar.
La mesa de madera del cuarto del fondo ya tiene tantas manchas de acrílico que dejé de intentar limpiarlas hace rato; son casi parte del mueble a estas alturas. La persiana estaba a medio cerrar esa tarde y dejaba pasar una franja de luz anaranjada justo sobre la silla plegable que cruje cada vez que me acomodo. Ahí, con esa luz cayendo sobre el papel, terminé de decidir que el acrílico iba encima de la acuarela y no al lado.
Tapar la acuarela o dejar que conviviera con el acrílico
Lo que de verdad estaba en juego esa tarde no era qué colores usar, sino si el acrílico iba a tapar por completo la acuarela de abajo o si de alguna manera iban a convivir. La acuarela es transparente, deja pasar la luz del papel; el acrílico, en cambio, cubre y ya no se disuelve otra vez con agua una vez seco. Para que el experimento tuviera alguna oportunidad, necesitaba un papel con cuerpo —usé uno de acuarela de 300g/m², que aguanta bastante antes de rendirse.
Hace tiempo probé con una hoja de papel de oficina común, solo para ver qué pasaba, y a la tercera pasada de agua ya se había arrugado y roto en una esquina; terminó en la caneca convertida en pulpa. Desde entonces dejé de dudar sobre el papel, aunque sigo sin sellar la hoja antes de empezar, algo que sé que otros hacen para que el acrílico no se meta tanto en la fibra. Tampoco he probado pintar sobre madera o tela más allá del papel —quizás algún día, pero por ahora el papel grueso es todo mi universo de soportes.

El gesso sin cuchara medidora
El gesso lo eché directo del bote a la paleta, al ojo, como ya es costumbre en mí desde hace tiempo. Sirve para dos cosas a la vez: prepara la superficie y, si uno quiere, también construye textura encima de ella. No medirlo hace que el grosor cambie de una capa a otra, y esas variaciones terminan siendo parte del resultado final, no un error que corregir.
Sé que hay quien usa el gesso para levantar texturas mucho más elaboradas que la mía, con relieves pensados de antemano y hasta moldes; yo apenas estoy en la versión más cruda de eso, la de la espátula y ya. Tampoco me he puesto a comparar en serio las marcas de gesso o de acrílico —sé que las hay más baratas que se agrietan apenas se secan y otras que aguantan capas gruesas sin quejarse, pero esa comparación completa se la dejo a otro momento. El gesso mojado tiene un olor particular, algo dulzón, que con el ventilador prendido se riega por todo el cuarto hasta llegarme al pasillo.

Cuando el papel y el gesso me dijeron que no
La primera pieza no salió limpia. Después de la segunda pasada de agua sobre el gesso ya seco, el papel empezó a ondularse en los bordes, algo que no esperaba de un papel de 300g. No lo había fijado con cinta antes de empezar, tan segura estaba de que el gramaje bastaba solo. Lo dejé toda la noche bajo una pila de libros y las ondas se aplanaron casi del todo, pero quedó un borde que hasta hoy se levanta un poco cuando el clima cambia.
Semanas atrás, repasando el Curso de Pintura Técnica Mixta, había leído que el gesso debía ir en capas finas si uno quería que el papel siguiera flexible. Le hice caso omiso porque quería sentir la textura gruesa bajo los dedos. Cerca de una esquina, donde había puesto más cantidad, apareció una grieta pequeña apenas el papel se curvó con la humedad de esos días. No me importó del todo —le daba un aire de objeto que ha viajado— pero entendí que en una ferretería una grieta es una devolución, mientras que aquí es apenas una advertencia que ignoré a propósito.
Entre una capa y la siguiente dejo pasar un rato, lo justo para que la superficie no se sienta pegajosa al tacto —no llevo cuenta de minutos, solo reviso con el dedo. Lo que sí aprendí ese día es que la técnica mixta no es apilar una cosa sobre otra sin criterio: hay que pensar qué necesita quedar visible y qué puede taparse, porque una vez que el acrílico cubre, ya no hay vuelta atrás. Si quiero que la acuarela de abajo siga respirando en los bordes, aplico el acrílico solo al centro y dejo que el agua se encargue de difuminar la transición; si quiero taparla del todo, ahí sí puedo ir pareja con la brocha. Esa decisión, más que la receta exacta de gesso, es lo que determina cómo se ve la pieza terminada.

La hoja contra la luz del pasillo
Le mandé una foto a Carmenza, y como siempre, lo primero que hizo fue dudar de la técnica antes de intentarla ella misma. Me preguntó si no me daba miedo dañar una acuarela que ya estaba terminada; la verdad es que sí, un poco, pero esa misma duda es la que hace que valga la pena probar.
Un rato después, cuando ya había una primera capa de acrílico seca al tacto, levanté la hoja hasta la luz de la lámpara del pasillo para revisar cómo había quedado. Contra esa claridad se veía algo que no esperaba: el azul de la acuarela de abajo se había corrido un poco por debajo del blanco, suavizándolo hasta un tono casi gris en el borde donde las dos capas no habían secado parejo. No fue un desastre, pero sí una sorpresa —el acrílico no tapa tan limpio como uno cree cuando la capa de abajo todavía guarda algo de humedad.
Lo que cambió cuando por fin la barnicé, semanas después
Esa primera pieza se quedó apoyada contra la pared del cuarto varias semanas, sin barnizar, mientras yo seguía haciendo otras. Para la cuarta semana me decidí a pasarle una capa de barniz, sobre todo porque ya quería colgarla en algún lado sin que se ensuciara. El resultado no fue el que esperaba: el contraste entre el blanco del acrílico y el azul de la acuarela, que hasta ese momento se veía nítido, se apagó un poco bajo el barniz, como si le hubieran bajado el brillo a toda la pieza de un momento a otro.
Ahora, antes de barnizar cualquier pieza mixta, pruebo primero en una esquina o en un recorte aparte, aunque me tome una tarde extra que preferiría usar pintando otra cosa. Es una de esas reglas que ningún curso menciona con suficiente insistencia, porque cada combinación de acrílico y acuarela reacciona distinto al barniz.
Cuando me canso de tanta capa y tanta espera, a veces pienso en algo completamente distinto, como el curso de Arte Hecho en Plastilina, solo por el gusto de amasar algo con las manos sin pensar en secado ni en grietas. Otras veces me da curiosidad algo más estructurado, como la Primavera Dorada, pensado para una sola pieza larga de óleo —pero ahí sí sé que me faltaría paciencia todavía. Por ahora, el desorden de tubos de acrílico y pastillas de acuarela sobre la mesa manchada sigue siendo justo lo que necesito los sábados.

Mi pareja ya anda en la cocina —se escucha el chisporroteo de la cebolla y ese olor empieza a ganarle terreno al del gesso— y la pieza de esa primera tarde sigue ahí, con más profundidad de la que tenía cuando empecé. Si algo me llevo de todo esto es que no hace falta medir cada cosa para que funcione; alcanza con prestarle atención a lo que la capa anterior ya hizo antes de decidir qué sigue, y esa manera de mirar antes de actuar me ha servido para más cosas que solo pintar. Si te animas a mezclar esos tubos que tienes guardados, dale una revisada al Curso de Pintura Técnica Mixta antes de empezar; a mí me sirvió para entender que, aunque no mida el gesso, sí hay una lógica detrás de por qué las capas se sostienen. El cuadro ya está seco y el café todavía está tibio.