
Esa tarde de lluvia en Medellín, de esas que parece que el cielo se va a caer sobre el Valle de Aburrá, me quedé mirando un trozo de contrachapado de 15mm que había sobrado de un pedido grande en la ferretería. Estaba ahí, arrinconado contra una pila de cajas de cartón, esperando a que alguien lo tirara a la basura después de una semana agotadora de inventario de fin de año. Me lo llevé a casa sin pensar mucho, más por rescatar algo sólido que por tener un plan claro. Al llegar, lo puse sobre la mesa del cuarto de atrás, ese que mi pareja me ha dejado colonizar con mis tarros y pinceles mientras el radio suena bajito en la cocina.
Hay algo en el olor de la madera recién cortada que me calma los nervios después de pasar horas cuadrando facturas y lidiando con proveedores que no entienden de tiempos de entrega. Es un contraste curioso: en el negocio todo es orden rígido, medidas exactas y códigos de barras, pero aquí, en mi rincón, el desorden es el que manda. El aserrín que todavía quedaba pegado a la tabla se mezcló con el aroma del acrílico que dejé abierto la noche anterior, y por un momento, el ruido de los camiones de carga que pasan por la calle desapareció por completo.
La preparación: de lo áspero a la seda
Casi siempre tengo la tentación de empezar a pintar de una vez, de soltar el color sobre la superficie y ver qué pasa. Pero la madera es caprichosa. Si uno no la trata con un poquito de cariño, se traga la pintura y la escupe después en forma de manchas amarillentas. Me acordé de lo que decían en uno de esos cursos de técnica mixta que empecé hace meses y nunca terminé del todo: la madera tiene taninos, unas sustancias naturales que pueden arruinar los blancos más puros si no se sella bien la superficie primero.

Empecé con la lija. Es un proceso lento, casi meditativo. Usé primero un grano P80 para quitarle la rebeldía a los bordes del triplex. Es una sensación extraña ver cómo las fibras saltan y el polvo se va acumulando en mis manos. El gato se asomó un momento, estornudó por el polvillo y se fue a buscar un sitio más limpio en el sofá. Después pasé a la P120, suavizando las rayas que dejó la primera, y finalmente llegué a la P220. Ese es el momento que más me gusta: el tacto áspero de la madera sin tratar volviéndose suave como la seda tras pasar la lija en el silencio del taller. Es ahí cuando uno siente que la superficie ya no es un residuo de construcción, sino un lienzo que está listo para recibir algo más que una etiqueta de precio.
Mientras lijaba, pensaba en cómo a veces nos esforzamos tanto por ocultar lo que somos, como si las vetas y los nudos de nuestra historia fueran defectos que hay que tapar con capas y capas de perfección. En la ferretería vendemos selladores que prometen dejarlo todo plano, aburrido. Yo prefiero que se note que esto alguna vez fue un árbol, o al menos parte de una lámina industrial que tuvo una vida antes de llegar a mis manos.
Texturas con lo que hay a mano: el truco del pegante
Una vez que la madera estuvo suave, busqué un tarro de pegante blanco de carpintería, ese adhesivo PVA que tenemos por galones en el almacén. Lo bueno de trabajar en una importadora es que uno aprende detalles técnicos sin querer; por ejemplo, que el PVA suele tener un pH neutro, lo que significa que no va a corroer los pigmentos con el paso de los años. Es un material noble, barato y mucho más versátil de lo que parece a simple vista cuando solo se usa para pegar patas de sillas.
En lugar de comprar pastas de modelar carísimas en la tienda del Parque Lleras, decidí usar los restos de aserrín fino que quedaron de la lija y mezclarlos con el pegante. Creé una pasta espesa, casi como una masilla, y la extendí por algunas zonas de la tabla con una espátula vieja. No buscaba que quedara liso. Al contrario, quería que esa mezcla dictara por dónde iba a correr el agua después. Recuerdo que un martes lluvioso de marzo intenté hacer algo parecido en papel y casi lo rompo; la madera, en cambio, aguanta lo que le echen. Es un soporte rígido que permite capas de empaste mucho más pesadas sin el miedo constante a que se agriete cuando se mueva el bastidor.

Dejé que esa textura secara. El fabricante dice que el tiempo de curado total es de 24 horas, así que tuve que armarme de paciencia. Es difícil para alguien como yo, que vive entre cronogramas de importación, aceptar que el arte tiene su propio reloj. Pero valió la pena esperar. Al día siguiente, la pasta de pegante y aserrín estaba dura como una piedra, creando relieves que parecían paisajes vistos desde un avión. Si alguna vez te has preguntado cómo dar cuerpo a tus obras, te cuento que hay muchos materiales caseros para añadir volumen a cuadros de técnica mixta que funcionan igual de bien que los productos profesionales.
Acuarela y el miedo al nudo de la madera
Aquí es donde la cosa se puso interesante. Hace unas tres semanas, decidí que no quería usar solo acrílicos. Quería ver qué pasaba si soltaba acuarela muy aguada sobre la madera sellada. Tenía un nudo oscuro justo en el centro de la tabla, de esos que cualquier carpintero decente habría intentado masillar para que no se viera. Yo decidí que ese nudo iba a ser el ojo de mi composición. En lugar de ocultar las irregularidades, las usé como estructura orgánica. El pigmento se acumulaba en las grietas mínimas del nudo, creando sombras que yo nunca hubiera podido pintar con tanta precisión.
Solté un suspiro profundo cuando el primer trazo de acrílico tocó la madera y el ruido de los camiones de carga desapareció de mi mente. No sé si fue el color o la resistencia de la superficie, pero sentí que por fin estaba controlando algo, a diferencia de lo que pasa en la oficina. La acuarela sobre la madera se comporta de forma distinta al papel; no se absorbe de inmediato, flota un poco, lo que me dio tiempo para mover la tabla y dejar que el color buscara los relieves que hice con el pegante. Es un baile lento entre el agua y la gravedad.

A veces, cuando el color se pone muy rebelde o se ensucia, recuerdo algunos consejos sobre cómo lograr mezclas de colores armoniosas en tus obras mixtas, pero la verdad es que sigo eyeballeando las cantidades. No mido nada. Si el azul se ve muy frío, le tiro un poco de siena tostada que encontré en el fondo de un cajón. La técnica mixta me permite eso: si me equivoco con la acuarela, siempre puedo volver con una capa de acrílico más espesa y rescatar la zona.
Capas sobre capas: el orden del caos
A medida que la tarde se iba yendo y la luz del balcón se volvía naranja, empecé a aplicar capas de acrílico más seco. Usé pinceles viejos, de esos que ya tienen las cerdas abiertas, para frotar el color sobre las texturas del pegante. Es una técnica que llaman pincel seco, pero yo prefiero decirle "acariciar la madera". El color solo se queda en las partes altas del relieve, dejando que el fondo oscuro de la acuarela respire desde las profundidades.
Me di cuenta de que el contrachapado de 15mm tiene una presencia física que el lienzo no tiene. Pesa. Se siente sólido bajo los dedos. Mientras trabajaba, el radio en la cocina empezó a pasar un programa de entrevistas que ni siquiera estaba escuchando, pero el murmullo de las voces me hacía compañía. Era una tarde de sábado después de cerrar el almacén, y no había nada más que hacer que ver cómo el pigmento se secaba bajo la lámpara del escritorio.
Uno de los mayores retos fue aprender cómo aplicar capas de pintura acrílica sobre acuarela sin que todo se volviera un barrizal. En la madera es un poco más fácil porque la superficie no se ondula como el papel, pero igual hay que tener mano suave. Si uno frota mucho, levanta lo que está debajo. Aprendí a dejar caer el acrílico casi sin tocar la superficie, dejando que la pintura hiciera su trabajo sola.

La satisfacción de lo que no se vende
Al final, lo que era un desecho de la ferretería se convirtió en algo que me gusta mirar. No es perfecto, claro. Hay una zona donde el pegante no secó bien porque me desesperé y le puse el secador de pelo demasiado cerca, y otra donde el azul se me fue la mano y quedó casi negro. Pero ahí está la gracia. En un mundo donde todo tiene que ser productivo, donde cada metro de madera que entra en el inventario tiene que salir con un margen de ganancia, este trozo de triplex no le debe nada a nadie.
Me quedé un buen rato mirando cómo la luz de la lámpara resaltaba los granos de aserrín atrapados en el acrílico. Es una satisfacción silenciosa, de esas que no se explican en las reuniones de los lunes. Saber que esos sobrantes del negocio familiar, que para cualquiera serían estorbo, ahora tienen una historia propia pegada con PVA y pigmentos baratos. Mañana volveré a las facturas y a los pedidos de lija, pero por ahora, me basta con este pedazo de madera que ya no huele a cartón ni a toner, sino a algo que hice yo misma, sin medir nada, solo sintiendo el peso de la espátula en la mano.
Si alguna vez pasas por una obra o por una carpintería y ves esos retazos tirados, no los mires como basura. Míralos como una oportunidad para dejar de medir y empezar a ver qué tienen ellos para decirte. Al final, la madera siempre tiene la última palabra, y suele ser mucho más interesante que cualquier cosa que uno haya planeado de antemano.