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Cómo pintar con técnica mixta sobre madera usando restos de la ferretería

Tengo las manos llenas de aserrín y ya llevo un rato comparando, sin proponérmelo, cómo se siente esta tabla de contrachapado que rescaté de la ferretería contra cómo se sentía el lienzo que tengo estirado en el clóset desde hace meses. Es una pintura sobre madera que empezó como reciclaje creativo puro, un sobrante de un pedido grande que nadie iba a extrañar, y terminó convertida en una especie de examen: ¿de verdad la técnica mixta se comporta igual sobre las dos superficies, o cada una tiene sus propias reglas? En Medellín, entre el ruido de los camiones que descargan afuera del almacén y el radio que suena bajito en la cocina, esa pregunta se volvió más interesante de lo que esperaba.

Hay algo en el olor de la madera recién cortada que no se parece a nada de lo que huelo en la oficina, donde todo son facturas y proveedores que prometen fechas de entrega que después no cumplen. El aserrín se mezcló esa tarde con el acrílico que había dejado destapado la noche anterior, y por un rato el ruido de la calle desapareció por completo. No fue un plan armado con tiempo: agarré la tabla porque era sólida, y porque el lienzo, la verdad, ya me lo sabía de memoria.

Madera de ferretería contra lienzo estirado: el mismo sábado, dos superficies

La respuesta corta, para quien solo quiera eso, es que la madera perdona más y el lienzo pesa menos — literal y en la cabeza. Todo lo demás es explicar por qué. Dos posiciones tan distintas frente al mismo problema: cómo hacer que el acrílico y la acuarela convivan sin que una le gane terreno a la otra.

El lienzo estirado se ondula apenas el agua lo toca, y hay que tener cuidado con cuánto moja uno el pincel. La madera no se inmuta. Elegir el soporte es otra conversación larga, con sus propias reglas, que dejo para otro día. Lo que importa ahora es que el contrachapado aguantó capas que en el lienzo me habrían dado dolor de cabeza.

Lijar, sellar y texturizar sin tanta química

Antes de que cualquier color tocara la tabla, tocó lijar. Empecé grueso, para quitarle lo áspero a los bordes, y fui bajando el grano hasta que la superficie dejó de sentirse como un sobrante de bodega y empezó a sentirse como algo que valía la pena pintar. La mesa donde trabajo ya no se sabe de qué madera es debajo de tantas manchas de acrílico viejas, y esa tarde la franja de luz naranja que entra por la persiana cuando cae el sol le daba un aire casi bonito al polvo flotando en el aire.

El gato se subió a la mesa en algún momento y estuvo a nada de tumbar el vaso de agua sucia que tenía al lado de los pinceles. Lo salvé por centímetros y seguí lijando como si nada. Antes de pintar sellé la madera, porque si no, la superficie cruda deja pasar manchas raras que después no se quitan con nada; no entro en detalles de por qué, solo sé que sellar primero me ahorró un dolor de cabeza. Para dar volumen no compré pasta de modelar: mezclé el aserrín que me sobró de la lija con pegante blanco de carpintería hasta armar una pasta espesa, y ahí confirmé que hay muchos materiales caseros para añadir volumen a cuadros de técnica mixta que funcionan tan bien como los que venden ya listos.

Manos lijando una tabla de madera reciclada de ferretería antes de pintar con técnica mixta
Textura casera de pegante y aserrín sobre madera, alternativa de reciclaje creativo a la pasta de modelar

¿Qué aguanta la madera que el lienzo no aguanta?

Sobre esa base seca solté acuarela muy aguada, para ver qué hacía en una superficie que no es papel. En el lienzo la acuarela nunca se comporta así: aquí flota un momento antes de meterse en las grietas, y eso me dio tiempo de mover la tabla y dejar que el color buscara los relieves de la pasta. Un nudo oscuro que cualquiera habría tapado con masilla terminó siendo el centro de toda la composición, y las sombras que dejó ahí el pigmento son más precisas que cualquier cosa que yo hubiera podido pintar a mano.

Hay algo que noté hace poco y que todavía me sorprende: los verdes que mezclé un sábado en esta misma tabla y los que mezclé el domingo siguiente, ya en un lienzo pequeño, salieron casi idénticos — la primera vez que eso pasa sin que yo intente igualarlos a propósito. Sigo sin medir nada; cuando el color se pone rebelde recuerdo algunos consejos sobre cómo lograr mezclas de colores armoniosas en tus obras mixtas, pero al final decido a ojo, como siempre.

Acuarela deslizándose sobre las vetas de una tabla de madera en una pieza de técnica mixta

El peso del contrachapado y las capas que aprendí a domar

El contrachapado de 15mm tiene una presencia física que el lienzo no tiene: pesa, se siente sólido bajo los dedos, y no se mueve ni tiembla cuando uno apoya la mano encima con fuerza. Martha, mi compañera de taller que es enfermera pediátrica y solo pinta los domingos, me preguntó una vez si las capas respiraban, como si el cuadro tuviera pulmones — y después de ver cómo la acuarela oscura seguía asomando por debajo del acrílico seco, entendí exactamente a qué se refería.

Uno de los retos más grandes fue aprender cómo aplicar capas de pintura acrílica sobre acuarela sin que todo se volviera un barrizal. En madera resultó más fácil que en papel, porque la superficie no se ondula, pero igual hay que tener mano suave: si uno frota de más, levanta lo que ya estaba seco debajo. Terminé dejando caer el acrílico casi sin tocar la tabla, con pinceles viejos de cerdas ya abiertas, dejando que el fondo oscuro de la acuarela respirara desde las grietas del relieve.

El cuaderno de bocetos que dejé a medias

No todo lo que he intentado se queda. Hace un tiempo me propuse llevar un cuaderno de bocetos cada noche, antes de dormir, solo para practicar composición sin pensar en el resultado, y lo dejé morir a las pocas semanas, guardado en un cajón con las primeras diez páginas llenas y el resto en blanco. Carmenza, la compañera de mi primer curso de técnica mixta que todavía lleva el mismo delantal de hace quince años, me preguntó por esos días cómo iba el cuaderno. Nos habíamos cruzado cerca del Parque de los Deseos, cada una con su caja de materiales bajo el brazo. No supe qué contestarle. Con la pintura misma, en cambio, no me ha costado tanto seguir volviendo.

Todo lo que dejé para otro sábado

Quedan tantas cosas para otro fin de semana que ni las anoto todas. Nunca he hecho una textura pura de gesso, de esas que quedan casi esculpidas antes de meterle color encima, y tampoco he entrado del todo en la discusión eterna sobre las diferencias entre gesso y pasta de modelar; con pegante y aserrín me salté esa conversación sin querer. Hay quien mezcla arena con la pintura acrílica para lograr texturas más orgánicas; yo tenía aserrín de sobra y ese fue mi camino esta vez. Tampoco he armado relieves con plastilina profesional, aunque he visto fotos de compañeras de taller que sí, y se ven espectaculares bajo la luz de una lámpara.

La espátula la uso casi siempre para paisajes sobre lienzo, y aquí apenas encontró un par de esquinas donde meterse. Sellar papel de acuarela es otro tema con sus propias mañas, distintas a las de sellar madera, que todavía no domino del todo. Los efectos de transparencia que persiguen otras compañeras tampoco son mi fuerte; prefiero las capas opacas que tapan lo que no funcionó. Trabajar tinta china sobre acrílico ya curado es algo que quiero probar en algún momento, igual que meter retazos de tela en un soporte rígido como este, o animarme por fin con pan de oro para iluminar un paisaje. Son ideas que le doy vueltas en la cabeza mientras lijo, pero que todavía no llegan a la mesa.

Sé que hay debates largos sobre si vale la pena pagar más por ciertos materiales o si lo barato rinde igual con un poco de paciencia; esa discusión se la dejo a quien le guste medir esas cosas con calculadora. Ir montando capas de técnica mixta sin saber cuál va a tapar a cuál sigue siendo, para mí, el misterio más grande del oficio, y no es algo que se resuelva en una sola tarde. El secado entre capas, con esta mezcla de pegante y aserrín, se toma lo suyo, casi un día entero, y ahí no hay afán de facturas ni de proveedores que valga. Al final, pintar sigue siendo, sobre todo, la manera de bajarle la presión a una semana que empieza en la ferretería y no siempre termina bien.

Pintura sobre madera terminada con técnica mixta, hecha con sobrantes de ferretería en un taller casero de Medellín

¿Con cuál me quedo?

Si alguien me pregunta con cuál me quedo, la respuesta depende de qué necesito ese sábado. Elijo la madera cuando quiero capas gruesas, relieve de verdad y un soporte que aguante que me equivoque sin partirse; elijo el lienzo cuando lo que busco es liviandad, algo que se pueda girar con una mano y guardar detrás de la puerta sin ocupar media pared. Ninguna de las dos gana siempre. Lo que sí sé es que este trozo de contrachapado que iba para la basura ya tiene más historia encima que la mayoría de la madera que sale del almacén con destino a una obra.

Mañana vuelvo a las facturas y a los pedidos de lija, pero esta tabla se queda apoyada contra la pared del cuarto de atrás, con el aserrín todavía pegado entre las grietas del relieve. No necesito venderla ni explicarla en ninguna reunión de lunes. Me basta con haber comprobado, con las manos llenas de pegante, que un sobrante de ferretería puede sostener tanto trabajo como cualquier lienzo comprado nuevo.

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